Se acaba de publicar un libro acerca de cómo estructurar guiones para juegos de magia. Su título es La magia del guión y su autor, Pete McCabe. Os dejo parte del prólogo que escribí para el libro.

BOLAS DE PELO INMORTALES

Nadie tiene la fórmula para escribir buenas historias, nadie. No existe una receta o un truco, un paradigma o un patrón que garantice el éxito, y si existiera, aquel que lo conociera no lo revelaría jamás, se lo callaría, se dedicaría a escribir y hacerse millonario porque lo que más agradece un ser humano, eso sí lo garantizo, es que lo emocionen con una historia bien contada.

Hubo una época en la que los humanos eran bolas de pelo que se reunían alrededor de una hoguera para contarse, unos a otros, cómo había ido el día. Lo hacían noche tras noche a pesar del riesgo que suponía que una chispita les saltara a la pelambre y tuvieran que correr como bolas de fuego al estanque más cercano. Lo hacían porque el ser humano, si bien necesita contar, aún más necesita que le cuenten. El hombre, con ese relato, siente que trasciende, siente que se queda en un mundo que se acaba y eso le apetece porque un ser humano, por peludo que sea, siempre tiene apetito de inmortalidad. Posiblemente, aquellos contadores de historias fueron los primeros magos que hubo, a veces los llamaban hechiceros. Estos contadores hacían imaginar a sus escuchantes, les hacían soñar, evocar, ver lo que no había y, de alguna manera, todos trascendían.

Muchas veces, para reforzar sus charlas, agarraban un tizón de la hoguera, lo agitaban y la brasa viva pintaba un rayo rojo fuego en el aire. Luego, al terminar su historia apagaban la brasa en el suelo y aparecía un humo oscuro y ascendente que cargaba de simbolismo y significado el final de su relato. Así los cuentos eran aún mejores. Se había inventado el artilugio.

Ha llovido mucho desde aquellos años y esas hogueras ya están apagadas. Sin embargo aún tenemos bastante de aquellas bolas de pelo con hambre de eternidad. Hoy en día hemos inventado mil maneras de contar y de expresar. Ya no cazamos, hemos inventado la maquinilla de afeitar y las cremas depilatorias, pero seguimos necesitando que nos cuenten historias: películas, canciones, novelas… y juegos de magia.

¿Qué nos ha pasado a los magos? Dedicamos más del noventa por ciento de nuestro esfuerzo a la técnica y nada, o casi nada, a pensar qué queremos contar. Es como si empleáramos toda la noche en elegir el mejor palito con brasa y sólo dos minutitos a la historia que vamos a contar. Es como sin nos bastara con engañar, como si hubiéramos olvidado que estamos haciendo un ejercicio de comunicación, es como si hubiéramos decido prescindir del fin para quedarnos con el medio. El ser humano necesita que le fascinen con relatos maravillosos. Los maestros de la magia jamás se contentaron con engañar, su aspiración siempre fue el asombro.

Los magos no somos conscientes de que tenemos el mejor palito encendido que se ha inventado jamás: la capacidad de hacer posible lo imposible. El artilugio capaz de emocionar y pellizcar la lógica. El relato mágico tiene la posibilidad de crear momentos memorables y de hacer vibrar los espíritus, pero para ello hay que trabajar la historia. La mayoría de los magos desperdician el cartucho de la palabra, olvidan crear un personaje y únicamente se preocupan de que el espectador vea un acertijo del que sólo el mago conoce la solución. Un artilugio sin relato. El problema es que el artilugio es tan potente que logra la sorpresa fácilmente y una chispa de desconcierto. Es un problema porque el mago de pocas miras y apuesta baja se contenta con ello.

Una alta apuesta siempre implica esfuerzo, trabajo y talento. Las charlas no se improvisan cada día: se construyen, a veces con la genialidad que un día improvisamos, pero siempre con un concepto sólido, con una coherencia y con una dirección. Es duro, ya te lo digo, pero es lo que hay.

Cualquier esfuerzo dedicado a escribir una historia mejor es un esfuerzo loable y yo lo loo. El libro de Pete es un esfuerzo en esa dirección. La magia del guión nos presenta las herramientas para lograr la alta apuesta y me encantaría que mucha gente leyera este libro, no porque eso fuera a garantizar al lector unas charlas elevadas, coherentes o graciosas, si no porque demostraría una intención. Y vuelvo al principio del prólogo: este libro no contiene recetas que garanticen el éxito, pero contiene las herramientas necesarias para trabajar en esa dirección. Lo mínimo que debemos conocer y lo máximo que se puede enseñar en un libro. Las respuestas al «¿cómo?» están en el libro de Pete. ¿Cómo se cuenta una historia?, ¿cómo se construye un relato?, ¿cómo se estructura una charla? Eso está todo aquí, pero la respuesta a la gran pregunta tiene que encontrarla cada uno: el «¿qué?». ¿Qué merece la pena ser contado?, ¿qué interesa a las bolas de pelo con apetito de inmortalidad? Eso no se explica en este libro.

El ser humano paladea la inmortalidad cada vez que escucha una buena historia. No prives a tu auditorio de ese placer.

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