No entiendo esa coletilla que suele acompañar a la reedición de un libro: «Edición corregida y ampliada». Llevo casi un año retocando mi próximo libro de monólogos y cuanto más corrijo, más disminuye. Si uno es honesto y revisa eliminando lo que no es interesante, lo más normal es se quede con una palabra nada más y, en mi caso, solo cuando quito esa palabra me topo con la obra perfecta.

A continuación un párrafo que escribí por la mañana. Esta noche tendrá muchas menos palabras y puede que mañana no esté. Aquí os lo dejo. Un párrafo de primera prensada en frío. Será interesante ver en qué se queda cuando salga el libro.

LOS DESAGÜES

Así como el agua es esencial para la vida, también lo son los desagües. Sin embargo nadie se ha atrevido a mirar a un desagüe a los ojos. Nadie se ha asomado a ese ojo, oscuro como la noche en la traquea de un toro, y preguntar ¿cómo estás, desagüe? ¿Necesitas acaso una caricia para volver a creer en que todo este sufrimiento será recompensado en algún lugar, al final del tiempo, donde cada trago de bilis se intercambia en justo trueque por chupitos de melocotón, copitas de Pedro Ximenez y dulzainas sin igual? Nadie ha mirado nunca a un desagüe y le ha dicho algo parecido. Bien mirados los desagües son como los mendigos de parque: beben mucho y comen poco. Se alimentan de tuercas, de pendientes, lentillas esporádicas y algo de pelo… Por eso a veces les huele el aliento a pelo muerto, a lentilla muerta y a tuerca muerta de pendiente muerto.

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