La vergüenza ajena es un sentimiento injusto. ¿Por qué tengo que sufrir yo si es otro el que está haciendo el ridículo? No es justo. No, pero la justicia es algo que hemos inventado nosotros para hacer más llevadera la existencia. Por un lado hay excelentes personas que donan sangre, que sudan hombro con hombro con sus compañeros y que besan sin remilgos al extranjero, y que de repente un día, sin haber hecho nada para merecerlo, amanecen con una enfermedad terminal, por ejemplo peste bubónica. No es justo. Sobre todo porque todos hemos vistos a cretinos, ladrones, recalificadores y pederastas, que nunca han hecho nada por nadie y que viven impermeables a cualquier salpicadura trágica de la vida. Eso tampoco es justo. Aunque para mí los peores son los que nunca han hecho nada por nadie, que un día amanecen con peste bubónica y a partir de ahí donan sangre, sudan con los compañeros y besan a las extranjeras. Pues la vergüenza ajena es un fenómeno que está a la altura de eso último. Un tío se pone un bolso en la cabeza, se sube a un sillón del diario de Patricia, o al púlpito de una iglesia y se pone a hablar y automáticamente todo el mundo empieza a pasarlo mal… ¡menos él! El sentimiento es un cruce entre lástima, pena, rabia y frío. Es vergüenza ajena. La verdad es que el que le puso el nombre lo clavó.

No es justo. Al igual que no es justo que nos pique un mosquito, que los osos hibernen, o que los lobos se coman a las ovejas. No es justo. Es obra de la despiadada naturaleza o de Dios, según se prefiera. La naturaleza no es justa, pero tiene sus aciertos. La teoría de la evolución puede explicarlo casi todo: que los mosquitos nos piquen, que los lobos se coman a las ovejas o que los oso hibernen. Darwin tiene una explicación para casi todo eso. En la Biblia no queda tan claro, la verdad, pero a lo mejor soy yo que no la he entendido. Lo curioso es que ni la iglesia ni la ciencia pueden explicar el fenómeno de la vergüenza ajena. ¿Por qué estoy sufriendo yo la dosis de vergüenza que le toca a otro? Es más ¿por qué la estamos sufriendo todos? ¿Por qué?

Observemos algunas características del fenómeno. La vergüenza ajena no tiene nada que ver con la empatía. No quiere decir que nosotros nos pongamos en la situación del sujeto porque el sujeto no está sufriendo, está disfrutando. Para que la vergüenza ajena se manifieste en todo su esplendor, el sujeto ha de estar feliz con lo que hace y no puede sospechar qué es lo que está sintiendo su público. Si no pararía de inmediato. Ese seguir, ese cavar su fosa lentamente con una sonrisa en la cara es lo que más estremece a su audiencia.

De lo que se deduce la segunda característica del fenómeno. El sujeto ha de ser completamente sincero y ajeno a su alrededor. No puede estar fingiendo. Su actitud ha de ser real, si no es así no hay vergüenza ajena.

La tercera ley. A mayor auditorio, paradójicamente, menor sensación de vergüenza ajena. Esto es porque el ser humano en rebaño es más canalla y menos sensible. Un ejemplo conocido por todos: Ramoncín versionando a Nirvana. Todos hemos visto ese vídeo. La gente que está en el concierto no siente vergüenza ajena, simplemente se ríe de él. Sin embargo cuando cualquiera de nosotros ve el vídeo, solito en casa, siente como se le eriza el vello de los brazos. Si lo ves con un amigo, da cosita pero menos; si lo ves con dos amigos hay vergüenza ajena y risa a partes iguales y si lo ves con seis amigos es el despelote y no ha hay vergüenza ajena.

Cuarto y último detalle a tener en cuenta. Lo que vemos nos hace sufrir pero no podemos dejar de mirarlo. Es como contemplar una hoguera o un bebé durmiendo. Sin embargo para que se dé el fenómeno han de cumplirse las leyes anteriores. Un cambio sutil como que el sujeto no sea sincero, por ejemplo, rompe la magia. Deja de ser como observar la llamas de una hoguera o un bebe durmiendo y pasa a ser como observar un bebé durmiendo en llamas.

Mi teoría es que la naturaleza es injusta pero sabia y que todo sucede por algo. Si ese hombre es absolutamente ajeno a lo que sucede en el alma de su auditorio, tiene que ser por algo; si a mayor auditorio menor sensación de vergüenza ajena, tiene que ser por algo; si no podemos dejar de mirar a ese pobre hombre tiene que ser por algo. No estoy seguro pero creo que he encontrado una explicación a lo que sucede.

Los actos de cada quien generan cosas. No sólo sudor, multas o remordimientos, sino que también suelen generar orgullo o vergüenza. El orgullo es algo bueno que hace que repitamos actos similares y la vergüenza es un sentimiento incómodo que hace que no volvamos a hacer nada parecido. Sin embargo la sabia naturaleza ha puesto unos límites de seguridad. Algo parecido al limitador eléctrico de una casa. Se trata de un fusible personal que impide que nos derritamos de vergüenza en determinadas situaciones. Imaginemos que a mí me da por pintarme un rombo en el ojo y decir que soy el más famoso del barrio porque robo más botellines de cerveza que nadie. Las leyes de la evolución y de la vergüenza deberían freírme en ese momento, pero no pasa eso. Mágicamente saltan los plomos de la vergüenza ajena, mis pies hacen tierra con el suelo y esa incómoda sensación que debería fulminarme se reparte entre los presentes. Por eso el sujeto permanece ajeno a lo que sucede en el alma de los que le rodean, por eso nunca da vergüenza ajena una persona que está en el aire, por eso el sujeto se comporta de modo sincero, por eso no podemos dejar de mirarlo y por eso a mayor auditorio menor vergüenza ajena.

¡Ay, qué repelús! Por cierto, no deja de ser paradójico que la gente que usa la palabra repelús dé tanto repelús.

De verdad que no tengo nada en contra de Ramoncín ni contra Loewe. Simplemente, estos vídeos eran perfectos para ilustrar esta entrada.

Dedicado con agradecimiento a todas aquellas personas que hayan podido sentir ese escalofrío viendo alguno de mis monólogos, viendo mi magia o leyendo este post. Gracias por salvarme la vida.

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