Hay cosas que están condenadas a ser un plan B. El albaricoque, por ejemplo. La gente no come albaricoque de un modo vocacional. «¡Por favor, que alguien me traiga un albaricoque ahora mismo!». La gente come albaricoque sólo cuando no hay melocotones.

-¿Tienen melocotones?

-Lo siento, se nos han terminado. Si le interesa nos quedan unos albaricoques buenísimos.

-Venga vale.

Es así como sucede. Que yo sepa jamás se ha dado la siguiente conversación.

-¿Tienen albaricoques?

-Lo siento, se nos han terminado. Si le interesa nos quedan unos melocotones buenísimos.

-No, deje. Es lo mismo.

Hay una serie de pequeños objetos que están destinados a paliar el apetito de alguien que en realidad deseaba otra cosa. Y ellos lo saben. El albaricoque, el salchichón, el caramelo de anís del canasto de caramelos de la recepción de un hotel… ¿Qué pueden hacer? ¿Alguna sugerencia?

Podría parecer que el albaricoque ha encontrado un buen filón con la mermelada. No estoy seguro. Pensadlo bien, imaginad que estáis en el bufet de desayuno de un hotel y que os vais a preparar unas tostadas. ¿Qué mermelada elegís? Sed sinceros. Sólo elegís mermelada de albaricoque cuando se ha acabado la de fresa.

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