Al ser humano le encantaría llegar al fondo de las cosas. Por eso existen museos de casi todo. Está el Museo del ferrocarril, el Museo del anzuelo, el Museo de la alpargata desparejada… y hasta hay un Museo de la tos, muy cerca de Aléndula. En estos museos se estudia a sus protagonistas con minuciosidad tan creciente como preocupante. Hace unos años, sin ir más lejos, se habló de una cesión por parte del museo del ferrocarril al museo de la tos de Aléndula con el fin de elaborar una exposición itinerante sobre la tos en los ferrocarriles. Recuerdo especialmente las salas sobre la tos en el mismo compartimento, la tos que suena en el compartimento contiguo, la tos que provoca la carbonilla en los maquinistas y la tos del fogonero… todo catalogado, fotografiado, medido y embotellado. La exposición, visitada por más de seis personas, fue considerada tal hallazgo que ahora existe el Museo de la tos en el ferrocarril. El éxito alentó iniciativas similares. Hace pocos meses el Museo de la alpargata desparejada cerró un acuerdo con el comité organizador del Museo del anzuelo y la Diputación provincial de Toledo espera con ilusión el nacimiento del nuevo Museo de la alpargata desparejada pescada con anzuelo en los arroyuelos de Toledo. Ahora, con esto de la crisis, todo está muy parado pero pronto leeremos en los periódicos que se abre el Museo de la tos en los ferrocarriles que atraviesan los ríos toledanos en cuyos puentes la gente pesca con anzuelos alpargatas desparejadas.

A lo mejor ese no es el camino. Al ser humano le encantaría llegar al fondo de las cosas, pero a lo mejor no es por ahí. Yo querría abrir un Museo de los sueños. Está claro que el hombre sueña desde que tiene memoria, que yo recuerde. Pero seguro que no soñaban lo mismo los hombres de las cavernas, que los egipcios o los frailes de la edad media. No me imagino yo a un fenicio soñando que se presenta a los exámenes de fin de carrera sin haber estudiado; así como tampoco me imagino a un leñador del medievo soñando con terror que se le caen los diente, más que nada porque que en la edad media el otoño dental era algo que, mas o menos, estaba en boca de todos. La verdad, no sé como se podrían recuperar los sueños y las pesadillas de aquellos señores del pasado. Ya me cuesta recordar lo que he soñado esta noche como para remontarme a los sueños de los hombres de las cavernas. A lo mejor la ciencia nos puede echar una mano, aunque no lo creo. La regla de que la materia no se crea ni se destruye nos permite conocer muchísimas cosas. De hecho sabemos, a grandes rasgos, como fue todo hasta unas milésimas de segundo antes de que se formara el universo. Está en los libros. Al principio estaba todo apretado en un punto muy minúsculo, de repente explotó aquello y ahora la materia está por ahí. Todo es cuestión de ver dónde han caído los trocitos y con quién se han juntado. Gracias a la ciencia podemos conocer el ADN de una mujer muerta hace cuarenta mil años. ¿Por qué? Pues porque estaba dentro de esa bolita que explotó, pero ¿con qué soñaba esa señora? Yo no sé si los sueños, las ideas, los empeños y los caprichos estaban dentro de la bolita. Si no es así, nos va a costar construir un museo de los sueños de la humanidad. Sospecho que no nos va a quedar otra salida que inventarlo, que es lo que hacemos siempre cuando necesitamos algo que no estaba dentro de la bolita.

Pues manos a la obra. Cada uno puede proponer, de modo discreto y justificado, las pesadillas y sueños que nuestros antepasados trataban de recordar cada mañana y que ahora ya están olvidados. Describid el sueño y la época.

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