Los de la Agencia Espacial Europea se han asomado al telescopio que hay en Tenerife y se les han salido los ojos de las órbitas. Al parecer han visto más de seiscientos mil trocitos de cosas rondando la tierra. Piezas viejas, restos de naves, muellecitos, arandelas, tuercas sin tornillo… Para que se hagan una idea, viene a ser como si cogiéramos todo el Rastro de Madrid y lo pusiéramos a danzar, alrededor del planeta, con música de Strauss.

Un mercadillo galáctico y flotante, fortuito e ingrávido, donde naves incompletas a la deriva podrían encontrarse con las piezas que les faltan y empezar a funcionar de repente. Qué bonito, ¿no?

Pues no. No es así realmente. Esas piezas viajan a más de 28.000 kilómetros por hora y encajar cualquier cosa a esa velocidad es difícil. Es como ir en moto por la autopista e intentar ponerle una lentilla a alguien que espera en el arcén con el ojo muy abierto. Por eso están tensos en la Agencia Espacial Europea, porque si uno de esos trocitos impactara contra un satélite de comunicaciones o contra la Estación Espacial Internacional la atravesaría de parte a parte.

Están preocupados de verdad. Lo que me indigna es que lo dicen como si nosotros tuviéramos la culpa. Vamos a ver ¿de quién es esa basura? Mía no, que la mía tiene moscas. ¿Quién la ha puesto ahí? Esa idea tan terrícola de que una vez que dejas la bolsa de basura en la acera «ya no es tuya», no debería cumplirse en el espacio. La NASA, La Agencia Espacial Europea, los chinos y los rusos no pueden escurrir así el bulto. Según la ONU, el espacio intergaláctico es una propiedad compartida por todos los habitantes de la tierra y aunque sea solo una minúscula parte de ese infinito, todos somos dueños de una parcelita en el espacio exterior, y la mía la quiero libre de tuercas, muelles y trozos de lata.

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