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09 / 01 / 2009

General - Escrito por Luis Piedrahita

Mentiras y verdades de la vida.

Ojo, contiene spoilers

Al nacer nos cuentan una mentira tan grandiosa como insospechable: Lo de los Reyes Magos. Realmente es una conspiración en todas las escalas. Están todos en el ajo, desde los familiares más cercanos hasta los medios de comunicación internacionales. Luego pasa el tiempo y llega un día, cuando cumplimos siete años más o menos, que los mayores nos citan ceremoniosamente y nos cuentan cómo va el asunto ese de los Reyes Magos. Ese día el mundo cobra otra dimensión. Todo cambia para uno. De repente pasamos a formar parte del selecto grupo de los que conocen esa verdad. Ese día estamos en el ajo.

Yo quiero saber si hay más de esas preparadas. Saber si hay más ajos. Si me esperan más momentos de la vida en los que me van citar para revelarme algo que no me espero. Quiero saberlo, más que nada, para estar preparado. Si no imagínate: Estás, por ejemplo, a los sesenta y cinco años en un parque dando de comer a los patos y de repente, sin avisar, aparece un consejo de viejecitos, te rodean solemnemente y te explican algo brutal. Qué sé yo: lo de Dios, por ejemplo. Pues si lo llego a saber, a lo mejor, esa tarde no hago plan. A lo mejor esa tarde prefiero colarme en una iglesia y decírselo a los curas. Ah, no, que no se puede. Que hay que mantener la mentira. Bueno, pues voy y miro con cara piadosa al joven párroco pero me troncho por dentro. Yo creo que en realidad es así, que las iglesias están llenas de abueletes que saben lo de Dios y que van allí a poner cara seria pero que en realidad se están tronchando por dentro.  De hecho alguna vez se les escapa una lagrimilla

Si en la vida hubiera tres momentos de esos, solo tres, en los que nos revelan algo que nos cambia la manera de entender el mundo ¿Qué cosas creéis que podrían ser y a qué edad nos las revelarían?

A los seis lo de Los Reyes. (está ya está comprobada)

A los sesenta y cinco, lo de Dios. (mera suposición)

A los noventa y cinco, lo de que somos inmortales pero debemos fingir nuestra propia muerte para que el resto de la humanidad siga creyendo que es mortal y por lo tanto feliz. (mera suposición)

A los ciento sesenta, lo de quien mató a Kennedy. (mera suposición)

A los doscientos once, lo de cómo sacar monedas de la oreja de un niño. (mera suposición)

¿Cuáles proponéis vosotros?

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31 / 12 / 2008

General - Escrito por Luis Piedrahita

Me fui esa misma tarde y no puede ver las caritas de ilusión de los niños al llegar a casa y ver a Papá Noel

Estoy realmente preocupado por el incremento de Papá Noeles colganderos en las fachadas de las casas. Estas navidades, no sé por qué, casi el treinta por ciento de las ventanas tiene un Papá Noel de tamaño casi humano colgado de un cordel. Y es un peligro porque si cotidianizamos la imagen de señores con saco colándose por las ventanas de las casas podemos tener problemas. Ladrones escaladores con traje y gorrito rojo mientras el vecindario, mirando con candor, comenta: “Qué generosos los del primero que su adorno navideño se está colando también en el segundo” Además, si detuvieran a esos ladrones trepadores y los metieran en la cárcel, el mismo traje con el que entran les valdría para escapar.  Me imagino a los funcionarios de prisiones, embriagados de espíritu navideño, diciendo: “Mira, ya han colgado los Papá Noeles en las celdas cuatro, seis y nueve. Ayer estaban en la uno, dos y cinco pero como los presos de allí ya no están habrán querido aprovechar y colgarlos en estas otras”

 

El día veintiséis de diciembre, viernes, viajé a Valencia y me hospedé en un pueblecillo de por allí. Desde la ventana de mi hotel se veía una casita de campo rodeada de naranjos y en la ventana de la casita, encaramado al primer piso, un Papá Noel casero escalando la fachada. Estaba bastante bien hecho. Llevaba un saco a la espalda y, aunque el muñeco estaba atado por el cuello para soportar el peso del cuerpo, las manos estaban sujetas a la cuerda en posición de escalar y daba la sensación de que realmente ascendía. Evidentemente la familia lo acababa de colocar, justo antes de irse a la ciudad a pasar el fin de semana y hacer las compras navideñas. Ese viernes por la tarde llovió mucho y la vaporosa sensación de escalador se disolvió completamente. Ahora el muñeco, tenía pinta de pesar como un camión de toallas mojadas y en lugar de rojo y blanco era marrón y gris. Muy triste, además no fue hasta esas alturas de la noche donde el viernes pierde su nombre que dejó de llover.  El sábado por la mañana el Papá Noel amaneció húmedo y resacoso, con pájaros picándole la barba, comiéndole los ojos y despeinándole la peluca. Por la tarde volvió a llover y las manos ya no aguantaron más, se soltaron de la cuerda y el muñeco quedó colgado sólo por el cuello. La verdad es que se veía venir. El domingo por la mañana nuestro querido guiñapo había dejado contra el muro unos chorretones rojos y marronáceos, desteñidos del traje,  y se le había caído un zapato. Era como ver a un marinero tripón que había querido darse el lujo de ahorcarse borracho en navidad. Me fui esa misma tarde y no puede ver las caritas de ilusión de los niños al llegar a casa y ver a Papá Noel.

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Luis Piedrahita defiende a esos pequeños seres a los que no se les trata con el respeto que se merecen. El ojo boquiabierto es su blog y en él izará las insignificancias que considere oportunas.

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