¡Empieza el año! Comencemos, començón. Empecemos, empeçón.
Disculpad el retraso en la actualización del ojo boquiabierto, pero es que he estado liado. Estos días, ordenando el trastero, encontré los restos de una Biblia que llevaba allí más de cien años. Un abuelo de mi abuelo, creo, la había colocado allí tapando un nido de termitas y nadie se había vuelto a acordar de ella. Observando los restos del libro se podía deducir lo que había pasado. Las hormigas, en un desesperado intento por salir en busca de alimento, habían empezado a comerse las tapas y las últimas páginas del libro. Seguro que analizando los estómagos de aquellas hormigas todavía había de El Apocalipsis, los evangelios y las cartas apostólicas… Incluso habría parte del antiguo testamento, seguro. Fijándose mejor en la zona llamaba la atención un agujerito en la tierra que estaba unos seis centímetros más allá de los restos de la Biblia. No hay que ser un genio para darse cuenta de que por allí había salido una segunda expedición con la intención de empezar el agujero arriba. Analizando los estómagos y las heces de aquellas heroínas que empezaron a tragarse la Biblia desde el principio encontraríamos, sin lugar a duda, restos de las portada, las guardas y el génesis. Mi pregunta era ¿Por qué no habían salido todas las demás por aquel agujerito? Reflexionando un poco más se llega a la respuesta. Seguramente la gran mayoría de las hormigas, que estaban haciendo el agujero desde abajo, estarían ya demasiado gordas como para salir por aquel conducto diminuto y por eso las que todavía no habían probado papel fueron las elegidas para llevara a cabo aquella misión de rescate. Las buenas ideas no son las primeras en aparecer y, seguramente, cuando se les ocurrió la idea de hacer una salida de emergencia ya era demasiado tarde. El final es triste. Ninguna hormiga de aquel hormiguero vivió para contarlo. Esta historia se desgrana reconstruyendo lo que dejaron. Es triste, pero tan solo les faltó perforar una hoja. Cuando la última hormiga que mordía desde abajo murió empachada y explotó la última que tragaba desde arriba solamente quedaba un gironcillo de papel. Eso fue lo que me encontré yo: un papelillo de dos centímetros cuadrados. Era el pezón de la imagen de Eva en el Paraíso. Ese pezoncillo fue lo que quedó impidiendo que nada saliera de allí y que jamás entrara la luz en el hormiguero. Ese ingenuo y diminuto montículo de carne acabó con toda una civilización de héroes capaces de tragarse una Biblia por delante y por detrás.





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