Me fui esa misma tarde y no puede ver las caritas de ilusión de los niños al llegar a casa y ver a Papá Noel
Estoy realmente preocupado por el incremento de Papá Noeles colganderos en las fachadas de las casas. Estas navidades, no sé por qué, casi el treinta por ciento de las ventanas tiene un Papá Noel de tamaño casi humano colgado de un cordel. Y es un peligro porque si cotidianizamos la imagen de señores con saco colándose por las ventanas de las casas podemos tener problemas. Ladrones escaladores con traje y gorrito rojo mientras el vecindario, mirando con candor, comenta: “Qué generosos los del primero que su adorno navideño se está colando también en el segundo” Además, si detuvieran a esos ladrones trepadores y los metieran en la cárcel, el mismo traje con el que entran les valdría para escapar. Me imagino a los funcionarios de prisiones, embriagados de espíritu navideño, diciendo: “Mira, ya han colgado los Papá Noeles en las celdas cuatro, seis y nueve. Ayer estaban en la uno, dos y cinco pero como los presos de allí ya no están habrán querido aprovechar y colgarlos en estas otras”
El día veintiséis de diciembre, viernes, viajé a Valencia y me hospedé en un pueblecillo de por allí. Desde la ventana de mi hotel se veía una casita de campo rodeada de naranjos y en la ventana de la casita, encaramado al primer piso, un Papá Noel casero escalando la fachada. Estaba bastante bien hecho. Llevaba un saco a la espalda y, aunque el muñeco estaba atado por el cuello para soportar el peso del cuerpo, las manos estaban sujetas a la cuerda en posición de escalar y daba la sensación de que realmente ascendía. Evidentemente la familia lo acababa de colocar, justo antes de irse a la ciudad a pasar el fin de semana y hacer las compras navideñas. Ese viernes por la tarde llovió mucho y la vaporosa sensación de escalador se disolvió completamente. Ahora el muñeco, tenía pinta de pesar como un camión de toallas mojadas y en lugar de rojo y blanco era marrón y gris. Muy triste, además no fue hasta esas alturas de la noche donde el viernes pierde su nombre que dejó de llover. El sábado por la mañana el Papá Noel amaneció húmedo y resacoso, con pájaros picándole la barba, comiéndole los ojos y despeinándole la peluca. Por la tarde volvió a llover y las manos ya no aguantaron más, se soltaron de la cuerda y el muñeco quedó colgado sólo por el cuello. La verdad es que se veía venir. El domingo por la mañana nuestro querido guiñapo había dejado contra el muro unos chorretones rojos y marronáceos, desteñidos del traje, y se le había caído un zapato. Era como ver a un marinero tripón que había querido darse el lujo de ahorcarse borracho en navidad. Me fui esa misma tarde y no puede ver las caritas de ilusión de los niños al llegar a casa y ver a Papá Noel.





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